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PABLO NERUDA A TRAVÉS DEL «SUCEDE»(DEL «SUCEDE QUE ME CANSO DE SER HOMBRE» AL «SUCEDE QUE VOY AVIVIRME»)Adriana BermejoPodríamos hablar de Pablo Neruda como del poeta de la experiencia. El poeta de lohumano, en su sentido más amplio, porque es posible trazar su trayectoria vital en paraleloa su obra. Y justamente por esta condición de poeta-hombre que se entreteje tan bien en sufigura, su obra comunica desde una sensibilidad primitiva, la del inconsciente humanoque, ante todo, se reconoce sintiente.El axioma vanguardista de «el poeta empieza donde termina el hombre» quedatotalmente desacreditado. El poeta es hombre y, precisamente porque es hombre y siente ygoza y sufre y se duele como un hombre, puede ser poeta. En Neruda conviven de manerasimbiótica la condición de hombre —telúrica y material— y las aspiraciones poéticas, lacosmovisión estética inherente a los artistas que determina la experiencia humana tanto ensu percepción como en su expresión.Intentar encasillar al poeta chileno es como querer ponerle puertas al campo. No es unpoeta romántico, ni un neo-maldito, ni un poeta revolucionario. Quiero decir, en Nerudacaben —y, de hecho, existen— todas esas identidades, pero sin individualización posible.Neruda es un poeta totalizador que desborda cualquier epíteto. Por eso, concibo su obra,sobre todo, como un relato de sanación y salvación.

El autorreconocimiento en Neruda es clave. En la deixis de los propios tormentos, estoes, en la identificación, concreción y exteriorización de lo interno reside el principio delcambio. Y en los poetas —no solo, aunque sí especialmente— esto se corresponde con laverbalización. La palabra. Wittgenstein hablaba del solipsismo lingüístico y decía que «loslímites del lenguaje son los límites de mi mundo». O sea, todo aquello que no puedocomunicar con palabras no existe para mí. Y en Neruda esto opera de manera deliberada.Aquello que no defino, que no nombro y cuya existencia diluyo y difumino en lageneralidad no puede hacerme daño.Residencia en la tierra es el poemario de la enajenación en muchas ocasiones. Losabemos por la dialéctica del número frente al nombre. Para Neruda, el número supone lainconcreción, lo difuso, lo confundible, frente al nombre, que es lo inequívoco, loindividualizador. Y en esta etapa, en la que él mismo se reconoce en su correspondenciacon Héctor Eandi como un «fantasma por completo ausente [.] pariente de la nada», elnúmero se impone.El sentimiento de desconexión para con lo humano que hay en él, que casi lo acercamás a un Neruda ectoplasmático que a uno visceral —en su sentido etimológico—,alimenta toda su producción. Y rescato unas líneas que la periodista Bárbara Arenapublicaba hace poco en su Twitter: «Yo no creo ni que el tormento sea necesario para elarte ni que del tormento salga necesariamente arte, pero sí me parece que —inmerso en unsufrimiento que te separa de los otros— surge un deseo desesperado de expresión que enla neutralidad quedaría sin desarrollar» (2018).Claro está que esta es una expresión turbada, oscura, críptica, fruto de asimilar elmundo circundante como algo profundamente hostil y desagradable. Una expresión en laque la sintaxis se descoyunta, se desquicia y queda un puzzle de palabras, inconexo aveces, agrietado otras: roto siempre (así ocurre de manera evidente en «El deshabitado»).El poema «Unidad» es la máxima expresión del aturdimiento interno. Una experienciadislocada, el reconocimiento parcial de sí mismo en el entorno. Todo ello conduce a que

el poeta se vuelva preso de un remolino de confusión trastornada:Hay algo denso, unido, sentado en el fondo,repitiendo su número, su señal idéntica.[.]Me rodea una misma cosa, un solo movimiento:[.]Trabajo sordamente, girando sobre mí mismo,[.]Pienso, aislado en lo extenso de las estaciones,central, rodeado de geografía silenciosa:una temperatura parcial cae del cielo,un extremo imperio de confusas unidadesse reúne rodeándome.Lo que cae en el anonimato, en la indeterminación («hay algo denso»), todo lo que searremolina («trabajo sordamente, girando sobre mí mismo») en una secuencia numéricaen la que lo que ocurre es uno, quizá dos, pero nunca «esto» («extremo imperio deconfusas unidades»), no se puede solucionar. Lo mismo ocurre con su amante birmanadurante ese tiempo —aquella mujer psicológicamente disfuncional que amenazó conasesinarlo—: durante la mayor parte del poemario no la nombra. La reduce a pluralesgenéricos («visito muchachas de ojos y caderas jóvenes»), la oculta bajo epítetos como«pantera birmana», «Maligna» o «mi niña amorosa», y no será hasta el final de Residenciaen la tierra —significativamente es el último poema— cuando le dé nombre y apellidos:«Josie Bliss».Pero hay algo revelador en «Walking around»: es un poema en que se concatenaanafóricamente un verso que sentencia «Sucede que». Ya no es un «me pasa» o un«siento», ni tan siquiera un «me sucede» —percepción personal, subjetiva—. Es un«sucede», a través del cual se establece como objetiva e innegable la segunda parte delsintagma. «Sucede que me canso de ser hombre». No hay vacilación, ni circunloquios; nideseo de enmascarar o huir de la realidad. Es un verso que recuerda más a un registrotestimonial, como en la correspondencia con Eande, donde el yo reconoce su situación,que al tono hermético residenciario. Por fin, el nombre frente al número.Neruda parece ser consciente de lo que esto supone. De lo que implica un «sucede».«No hay olvido (Sonata)» comienza así: «Si me preguntáis en donde he estado / debodecir ‘Sucede’». El acto en sí mismo de verbalizar lo vivido conlleva una aceptación, unaindividualización de aquello que en muchas ocasiones él mismo evita.Pero el tiempo juega a favor del poeta. Y el cambio de aires también. Neruda abandonaBirmania, donde la incomunicación con el entorno favorece la incomunicación consigomismo. Y la vuelta a lugares hispanohablantes es un reencuentro con su identidad. Por fin

en Estravagario conocemos a un Neruda autoconsciente y autoconocido. Los números yano están en el imaginario nerudiano, porque no hay necesidad de que existan. En estepoemario los protagonistas son el yo, el tú, el nosotros, los nombres; en fin, la deixis.La reconciliación con su espacio y su tiempo, con el lenguaje; la honestidad con sussentimientos y con su pasado. Todo eso cabe en este poemario. Ya no existe el miedo a laindividuación, sino la sinceridad. El poeta, el hombre y el mundo vuelven a ser uno, y elsucede adquiere nuevos tintes de optimismo.Estravagario se abre y se cierra con dos poemas que bien podrían ser testamentarios,como si el poeta supiera que se le escapa la vida. Pero la muerte no se presenta como finalfatal, ni como destino deseado, como sí podría ser en el ciclo residencial. La muerte es enesta etapa de su vida la constatación de que ha vivido y se percibe como signo natural dehaber agotado la vida en vida: «no crean que voy a morirme: / me pasa todo lo contrario: /sucede que voy a vivirme. / Sucede que soy y que sigo».En este poemario resuenan unos nombres y apellidos, Matilde Urrutia. Ya no es unamor enfermizo, vampírico, al estilo baudelaireano. Ya no hay necesidad de negar unaexperiencia, de anularla, bajo epítetos confusos: aquí, el nombre de la cantante chilena —explícito, desnudo— viene acompañado de sintagmas como «bienamada».Y tampoco hay peluquerías que hagan llorar a gritos al poeta, como en «Walkingaround». En este libro sí resaltaban individualizadas, como foco desgarrador de vidahumana, de cotidianidad de la que Neruda no se sentía parte. Pero aunque en Estravagarioa veces provocan reminiscencias vagas de ese vacío pasado1, hay otros poemas en los quelas peluquerías se insertan en el escenario diario del chileno. En poemas como «No mepregunten» se encadenan en enumeraciones a través de las que pretende subrayar sumejoría psicológica y vital: «A pesar de todo, vivo / y mi salud es excelente / me crecen elalma y las uñas / ando por las peluquerías».La experiencia y el poeta son dos realidades indivisibles. Y se retroalimentan a lo largode toda su carrera artística. El registro poético elitista de la vanguardia se queda muycorto, se queda vacío. En Neruda no hay depuración, ni hay fórmulas matemáticas oabstracciones que han perdido el referente. Esa poesía aséptica, fría como un hospital,desinfectada del sentimiento bruto, queda desbancada. En Neruda hay desgarro, hay gritode dolor, hay esperanza y hay, en suma, humanidad.Bibliografía

Arena, Bárbara (2018); 9681 [consulta: 10 de marzo de 2019].Neruda, Pablo, Estravagario, Barcelona, Seix Barral, 1977.Neruda, Pablo, Residencia en la tierra, ed. Hernán Loyola, Madrid, Cátedra, 1999.